Por José Luis Aguilera

Hablar de comunicación es un tema sumamente diverso y tiene muchos matices, dependiendo el contexto desde que lo abordemos. Cuando hablamos de comunicación en Psicología, me gusta mucho rescatar el modelo de Paul Watzlawick, quien fue un psicólogo y terapeuta familiar que dio muchas aportaciones para entender las relaciones humanas. Personalmente, es uno de los autores que más disfruto de aprender.

Comunicar significa poner algo en común: una idea, mensaje, pensamiento o emoción. Sin embargo, no debemos ver a la comunicación como un proceso lineal (emisor-mensaje-receptor), sino como un proceso circular en el que debe existir la retroalimentación y participan muchos más agentes que un emisor y un receptor. Comunicarnos va más allá de lo que hablamos, pues hablar no es la definición absoluta de comunicar. Si vemos a la comunicación como una conducta, y a la conducta como una comunicación, entonces todo se simplifica, pues todo lo que hacemos y decimos, e incluso aquello que no hacemos o no decimos, es comunicación. Una de las frases más icónicas de Watzlawick dice “es imposible no comunicar”; vaya que tiene razón.

La comunicación posee distintos niveles y uno de los errores o vicios más comunes de la comunicación es enviar un mensaje por un nivel y recibir la respuesta por el otro. Pensemos en un ejemplo muy común: Hay un par de adolescentes, que recién se conocen, caminando por un parque en una tarde fresca, cuando de repente el sol se oculta y la chica frota sus manos contra sus brazos y comenta el famoso “tengo frío”. El chico abre los ojos, no piensa mucho y responde casi inmediatamente “oh sí, yo también”, y se dispone a subir el cierre de su chamarra. La chica al escuchar esa respuesta y ver la reacción simplemente atina a decir “ash, no inventes” y se apresura a caminar molesta, dejando atrás a su acompañante, que se quedó con una cara de no haber entendido nada.

Seguro que más de uno de ustedes estará pensando “Ay, ¿cómo no se dio cuenta? ¡Ella quería que él la abrazara o le diera su chamarra, era más que claro!”. Pero en este ejemplo tan sencillo, no hay nada claro, al menos no para ellos. Este caso nos permitirá entender fácilmente dos de los niveles de la comunicación.

Ella verbalizó “tengo frío”. Si lo analizamos desde un nivel de contenido, que se refiere al aspecto semántico de la oración (como una definición de diccionario), ella dijo “tengo frío” y eso significa “tengo frío” (el ambiente está más fresco; la temperatura está bajando y lo estoy sintiendo). No hay más significados.

En un segundo nivel, conocido como relación, los mensajes se interpretan por las interacciones y relaciones de las personas. Va más allá del significado literal de una palabra, frase u oración; es lo que se interpreta de acuerdo a cómo se llevan o interactúan las personas. En este nivel, “tengo frío” tiene múltiples significados, pues depende totalmente de las relaciones, en el ejemplo anterior podría significar “abrázame, acércate, ofréceme tu chamarra” (el significado que muchos habían pensado inicialmente).

¿Por qué falló el mensaje en este ejemplo? Muy fácil, el fallo o problema consistió en que él se encontraba emitiendo y recibiendo mensajes en un nivel A (contenido) y ella lo hacía en un nivel B (relación). La retroalimentación nunca se dio de manera adecuada por una explicación muy sencilla: ellos no estaban en un común acuerdo. Este ejemplo burdo y sencillo es el reflejo de muchos los inconvenientes y vicios de la comunicación, pues pocas veces nos ponemos de acuerdo. Si yo emito un mensaje en un nivel B, pero la otra persona solo entiende el nivel A porque no nos conocemos lo suficiente, posiblemente no logre entenderme con esa otra persona. Comunicarme con otra persona no solo involucra lo que voy a decir en mi oración, sino la forma en la que me llevo con esa otra persona y qué relación compartimos.

Usemos un segundo ejemplo: ¿qué significa “traes feria”? En un aspecto de contenido, una feria es un conjunto de atracciones con fines de entretenimiento o recreación, o bien, un evento donde se reúnen personas para ciertos fines. Es imposible traer feria, al menos en este nivel. En un nivel de relación, muchos de ustedes pudieron haber entendido por feria un sinónimo de dinero, cambio, monedas o morralla. ¿Por qué? Porque compartimos al menos un contexto o relación, somos mexicanos, hemos vivido en México o pensamos en el significado de la frase desde un contexto mexicano.  Si en alguna ocasión preguntamos a un extranjero que recién habla el español “¿traes feria?” y es la primera vez que lo escucha, seguro que mostrará una cara confundida, posiblemente no entienda nada.

Además de los niveles de relación y contenido, podemos encontrar la comunicación verbal y no verbal en nuestros mensajes. Es incorrecto pensar que dejamos de comunicarnos porque no hablamos más. Estamos perdiendo el elemento más rico de nuestras interacciones: el lenguaje no verbal. Es muy importante recordar que no solamente recibimos mensajes por medio del habla y el canal auditivo, sino por todos nuestros otros sentidos: vista, gusto, tacto y olfato. Las acciones pueden decir más que las palabras, no importa si estas son escritas o verbales.

No es lo mismo decir hola con un tono enérgico y saludando al ondear la mano que decirlo con un tono apagado y con la mirada cabizbaja. El mensaje en cuanto a contenido es lo mismo en ambos contextos: un saludo (a esto lo llamaremos nivel digital). Sin embargo, en un nivel analógico, está incluyendo la relación de los participantes y todos los elementos no verbales de la interacción, dándole así un significado completamente distinto en cada uno de esos “hola”.

Aquí es donde reside gran parte del secreto comunicacional. No solo son las palabras que digo, sino cómo las digo. Hay infinidad de elementos que afectan a la comunicación no verbal: la entonación, el lenguaje corporal, el uso del espacio y del tiempo, el momento del día, la relación, la cultura y hasta el contexto sociohistórico en el que nos estamos desarrollando. Ser conscientes de estos elementos nos permitirá mejorar nuestra comunicación, pues nunca dejamos de comunicarnos, siempre estamos en constante proceso. Todo lo anterior no nos obliga a cuidar meticulosamente cada una de nuestros mensajes y nuestras conductas, al contrario, nos invita a descubrir qué estoy comunicando, con quién me estoy comunicando y qué quiero comunicar. De esta manera, se abre una gama inmensa de posibilidades para poder mejorar la relación con las personas que me rodean y, por supuesto, conmigo mismo.

Así que la próxima vez que desees emitir un mensaje, no analices las miles de posibilidades, mejor, ponte de acuerdo con la persona o personas con las que estás interactuando y seguro notarás una gran diferencia.

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